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jueves, 24 de enero de 2013

Vida Orgánica sobre la Tierra y Ahimsa


En un viaje a Escocia, tierra del maestro Maurice Nicoll, tuve oportunidad de visitar un bosque añejo. Era el comienzo de la primavera con el aire cargado de nubes y lloviznas intermitentes. Como siempre, iba acompañada de mi cámara de fotos dispuesta a capturar retazos de un paisaje digno de las historias del Rey Arturo.

Tan pronto me interné entre los árboles subiendo una cuesta escarpada me sobrecogió una presencia. Me detuve a escuchar atenta. Miré a mi alrededor, pero la estancia seguía tan solitaria como al comienzo de mi marcha. Seguí caminando sorteando ramas cubiertas de musgo, descubriendo un hilo perdido de un agua de deshielo. Sin embargo, la sensación persistente de ser observada no se iba.

Terminé dando la media vuelta al reconocer que no me atrevía a continuar caminando. Un poco por miedo a perderme en un paisaje desconocido y lejos de casa, otro poco porque no podía decodificar qué estaba sintiendo. Tiempo después comprendí, que lo que percibí era la descomunal presencia del bosque como ser vivo.

Cuando Nicoll describe la posición del hombre en el Rayo de Creación, lo ubica como parte de la Vida Orgánica sobre la Tierra. Dice: “La Vida Orgánica es una sensible película viviente que cubre la superficie de la Tierra y actúa como transmisor de las fuerzas que pasan entre las partes superiores e inferiores del Rayo”. Y más adelante detalla: “La Vida Orgánica significa todas las formas de vida en la Tierra: la raza humana, todos los animales, las aves, los reptiles, los insectos, los peces, las plantas, todas las formas de vegetación, hasta las más diminutas células vivientes.” (cf: Comentarios sobre las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky- Volúmen 2- Editorial Kier)

Bosque- Isla de Skye, Escocia.
Cuando conocí esta idea quedé muy impresionada porque la frase “sensible película” me resonó profundamente. Como pasa con todas las ideas verdaderas cuando llegan a tocar nuestra Esencia, esa percepción abstracta se fue potenciando y ganando significado a través de mis experiencias de vida. Por un lado veía al hombre como parte del ecosistema y por otro que ese ecosistema era una especie de piel de la Tierra.

Y si hablamos de piel, la nuestra se encuentra bastante curtida y callosa. La vida moderna nos lleva a una insensibilidad creciente. A pesar de que el hombre ha alcanzado un gran desarrollo tecnológico y sanitario, aún se siente amenazado por miedos arcaicos. Más allá de todo lo que ha construido para protegerse y mejorar su calidad de vida, el temor al otro -a lo extraño- sigue vigente. Hemos perdido la confianza en nuestra piel.

La práctica de Hatha Yoga Suave, puede ser un buen comienzo para interiorizar en nosotros y recuperar la capacidad sensible. El uso de la atención abierta en un espacio de contención y relax, nos entrena en usar la mente sólo lo necesario y darle el lugar que le corresponde sin que usurpe nuestro instinto animal. Somos animales con mente, tenemos la capacidad de recuperar las conexiones neuromusculares apagadas y honrar las herramientas perceptivas que poseemos.

Al abrirnos con los sentidos a nosotros mismos, establecemos una nueva comunicación con el mundo que nos rodea. Nuestra piel comienza a extenderse hasta contactarse con esa gran piel que es la Vida Orgánica. El agua, la tierra, la brisa, el sol, las piedras, los animales, las otras personas, un bosque; todo adquiere un nuevo relieve y una calidad de vida vibrante. Distinguimos la variedad y perfección de los detalles de la Naturaleza. Nos damos cuenta que había algo que no estábamos viendo, que se nos abrieron los ojos.

Todo esto lo podemos experimentar sin ayuda de ninguna sustancia externa. Simplemente a través de ir relajando nuestra musculatura y sistema nervioso y permitiendo una respiración más plena, que oxigene a todas las células del cuerpo.

Si somos sensibles, es posible no ser violentos.


Silvina Giannotta- Copyright 2012-2015

domingo, 11 de diciembre de 2011

Acerca de Ahimsa (Sensibilidad)

Supongo que la primera vez que oí hablar de Ahimsa, fue la no-violencia practicada por Gandhi. A mis 12 años, habiendo nacido en la cultura occidental, ver que en la película de Richard Attenborough cientos de indios eran brutalmente golpeados por los británicos haciendo uso de este precepto me resultaba un tanto contradictorio y violento. Ahimsa sonaba a no hacer nada, pero a la vez ese no hacer nada perseguía un fin. Raro. Otra vez el principio femenino puesto en la práctica parecía más un martirio que una solución.

Luego como practicante de Yoga mi noción de no-violencia se fue ampliando e hizo un buen click cuando a través de Godfrey Devereux, Ahimsa se volvió positiva "sensibilidad". Como mujer no podía sentir más adecuada esa definición. Las mujeres somos seres dotados de una particular sensibilidad física. Nuestras hormonas contribuyen a que tengamos esa maravillosa carga extra de sensibilidad, con el fin natural de la propagación de la especie y el cuidado de las crías. Más allá de la educación recibida y el impacto de una cultura que enaltece las cualidades masculinas, la naturaleza hace oír su voz.

Ya decían John y Yoko: "La mujer es el negro del mundo", pero también lo son aquellos rasgos de carácter o de expresión humana que se asocien con lo femenino. La sensibilidad tranquilamente podría estar en el primer puesto, goza de mala prensa porque connota pensar más con el cuerpo y la emoción que con la cabeza.

La mente, es la gran tirana de nuestra época. No hay cosa que escape al último juicio de la mente, que en lugar de funcionar como mediadora termina llevando a puntos inverosímiles a la supuesta razón. Así es, como en pos del imperio de la mente el hombre y la sociedad completa se han ido insensibilizando. Perdiendo una brújula imprescindible para la supervivencia y la evolución humanas.

Como practicante de Hatha Yoga, me ha resultado evidente el progresivo proceso de sensibilización de mi cuerpo. Incluso considerándome una persona sensible, lo era más desde el punto de vista emocional que físico. 

El Yoga al ser un práctica de gran interiorización, permite conectarnos con el cuerpo más desde su funcionalidad que desde la forma. Podemos maravillarnos con asanas desafiantes a la gravedad o a la flexibilidad y la fuerza, pero difícilmente lleguemos a reproducirlas si nuestro cuerpo es insensible en las puntos funcionales que posibilitan su ejecución. 

Por más que la mente pretenda realizar el Escorpión o un paro de cabeza, si es insensible a las posibilidades actuales del cuerpo será el impedimento fundamental para realizar aquello que se propone. Utilizar una perspectiva basada únicamente en la acción sin incluir la sensibilidad, será violenta y traerá consecuencias negativas más pronto o más tarde.

La sensibilidad es así un espejo, que muchas veces nos muestra aquello que la mente considera indeseable en uno y por tanto quiere sentir ajeno. La impasibilidad de los indios soportando los golpes en la película Gandhi, aunque parecía una actitud extrema e incomprensible a mis ojos, era el compasivo espejo para que los británicos se hicieran cargo de sus propias actitudes extremas. Sin esa oposición, la violencia no se hubiera hecho evidente.

Se ha asociado ser sensible a una debilidad femenina. Sin embargo, únicamente aquello que es unilateral termina siendo débil y la sensibilidad es potestad tanto de mujeres como de hombres. Ser sensibles a nosotros y al entorno nos permite evaluar las situaciones con la ayuda de la mente, para actuar de manera más integral y equilibrada.

Basta mirar alrededor para saber cuáles han sido las consecuencias de siglos de insensibilización. Habremos avanzado mucho en términos tecnológicos y científicos, pero al no estar éstos fecundados por la ética que conlleva la sensibilidad estamos muy lejos de haber evolucionado.

Ahimsa trae el mensaje más necesario hoy día. Para escucharlo, es necesario silenciar la mente y volver a sentir. 


Silvina Giannotta- Copyright 2011-2015


sábado, 5 de noviembre de 2011

Alineando cuerpo y mente

-¡Estás toda torcida! La respuesta descarnada de A. a mi consulta de alineación fue una cachetada emocional. Mi naturaleza inquisitiva me estaba exponiendo a revivir malos recuerdos de mis profesoras de danza de la infancia, que sólo querían alumnas naturalmente talentosas.

¿Quién me mandó a preguntar? pensaba mientras me saltaban las lágrimas. Me encontraba en una situación inverosímil, un médico me acusaba por estar enferma. Fue mi primer escollo en la práctica de Yoga, uno que hubiera preferido evitar, pero que ayudó a que perdiera la inocencia o mejor dicho la inconciencia.

Hacía pocos meses que había comenzado a practicar y en busca de un ejercicio un poco más tonificador, abandoné la clase de principiantes y comencé una de Iyengar. Me interesaba porque sentía que su enfoque racional satisfaría mis necesidades de acercarme al aspecto técnico de la práctica del Yoga. Venía de unos años muy dedicados al estudio y al refinamiento de mi Centro Intelectual y sentía una natural atracción hacia aquello que involucrara la lógica incluso en lo corporal.

Superado el entredicho con mi profesora, que notó mi gran turbación y mis ganas de aprender, continué asistiendo a su clase. Fue muy sano, alisar esa arista y permanecer abierta a lo que A. pudiera enseñarme. Veía en ella un gran valor, que demostró con su actitud humana. Hoy día me hace muy feliz recordar la dedicación y la bondad que tuvo para conmigo en los meses que me estuvo dando clases. Las dos trabajamos en la relación profesor-alumno poniendo en práctica lo que enseña el Yoga: sensibilidad, honestidad, apertura, presencia y generosidad (Yamas según Godfrey Devereux).

Luego de haber tomado clases con aproximadamente 10 profesores más, descubrí que un estilo Iyengar bastante puro no era adecuado para mí por el uso que hace de la atención. La obsesión por la alineación estructural que caracteriza a este estilo, hacía que mi mente se tense y mi atención se cierre. Me conectaba a una observación secuencial de mi cuerpo y sus relaciones. Cuantas más indicaciones intelectuales recibía, más se entorpecía mi sensibilidad hacia el cuerpo.

A pesar de tener un conocimiento bastante práctico de la anatomía, sentía que tenía que forzar percibir partes que habían perdido la conexión neuromuscular agregando una preocupación más a la mente ¿cómo demonios se debería sentir el psoas o el subumbilical? ¿o cómo subir la rótula con los cuádriceps en contracción y además no hiperextender? 

Puede ser que quienes no hacen uso de la atención cerrada la mayor parte del día, sientan un estímulo en una práctica como Iyengar en la que se presta atención al detalle. Para mí, es más de lo mismo a una hora del día que preciso expandir la percepción.

Sin embargo esa expansión, carente del caos intermitente cotidiano, se parece a una relajación mental. Cuando a través del cuerpo voy entrando en ese estado, la fluidez del movimiento es mayor. Si bien hay una observación que hacemos con la mente, mientras ésta no intente intervenir en el proceso todo sucederá integrado y natural. Hay un abandono a querer controlar la situación, pero a la vez podemos mantener una gran sobriedad y agudeza. Cuando podemos integrar estos opuestos, estamos listos para recibir las sugerencias del profesor.

En ese estado de apertura, una pequeña indicación en forma física hecha por un profesor sensible puede llenarse de significado. No un significado intelectual, si no uno que reactiva en nuestro cuerpo las conexiones neuromusculares y logra que se produzca el cambio. Sin saber cómo ocurre, el cambio ocurre. Sin mediar nuestra mente, el cuerpo comprende cómo ser más efectivo. Sin mirarse al espejo, el cuerpo adapta la forma correcta.

Luego, puede haber explicaciones intelectuales. No sólo externas, de parte de profesores, si no también internas. De hecho, lo que estoy escribiendo es consecuencia de mi indagación y de mi impulso a reflexionar sobre lo que experimento. Ésto, va nutriendo mi camino.

Con los años veo estas situaciones como parte de un proceso muy amplio, somos un work-in-progress y como tal nos estamos descubriendo todo el tiempo. En busca de sentido, practicando -como dice Mark Whitwell- nuestro propio Yoga.


Silvina Giannotta- Copyright 2011-2015